En Alemania este mismo rito se cuenta con menos peldaños que aquí, y no falta ni sobra nada. Las dos cuentas son legítimas. Entender por qué lo son es entender cómo está armado el sistema.
Lo que dice la fuente
No hay que deducirlo: está escrito. Los grados de aprendiz y compañero de San Andrés, dice la fuente alemana, «en Suecia se descomponen en dos grados separados, se cuentan aparte y se confieren en tiempos distintos, por lo que allí los tres grados de la logia de San Andrés se cuentan como el cuarto, el quinto y el sexto», mientras que entre los alemanes van contraídos y se dan de una vez.
Mismo contenido, dos administraciones. La Gran Logia de la Ciudad de México adoptó la serie sueca: diez peldaños, con IV, V y VI distintos. Y las mismas Actas ponen la condición que hace legítimas ambas cuentas: la contracción es de ejecución, no de doctrina. Aunque los dos peldaños se confieran juntos, cada uno conserva lo suyo y eso no debe perderse en la fusión.
No se añadió un grado. Se dejó de contraer uno.
Cómo cuatro llegaron a ser diez
La operación no es nueva: es la que hizo crecer la escala entera. La reconstrucción de Theodor Schaefer describe una escala corta que se va desdoblando peldaño a peldaño. El primero se abre en aprendiz y compañero de San Juan; el segundo, en maestro de San Juan y aprendiz de San Andrés; el tercero, en compañero y maestro de San Andrés; el cuarto, en caballero de Oriente y caballero de Occidente, «como todavía hoy sucede en Suecia».
Dicho de otro modo: la diferencia entre las dos numeraciones no es una anomalía mexicana ni una licencia moderna. Es el mismo movimiento que produjo el sistema, detenido en dos momentos distintos.
Los diez, por su nombre
Conviene nombrarlos bien, porque el error más común es llamar «grado superior» al último, que tiene nombre propio y no lo esconde.
Los tres primeros son la logia de San Juan: aprendiz, compañero y maestro de San Juan. Los tres siguientes, la logia de San Andrés: aprendiz y compañero de San Andrés —los que en Alemania van juntos— y maestro de San Andrés. Los cuatro últimos forman el Capítulo: Caballero de Oriente, cuyo grado se titula del Nacimiento del Sol en Oriente y Jerusalén; Caballero de Occidente, que lleva además el nombre de Maestro de la Llave; Confidente de San Juan, que en sus propios libros se llama también Caballero de la Orden de Cristo y Caballero del Sur; y Hermano Elegido, llamado asimismo Confidente de la Logia de San Andrés y Caballero de la Banda de Púrpura.
La escala es más vieja que el nombre que la Orden llevó
Hay una corroboración independiente y vale la pena traerla. En 1931, con la obediencia alemana todavía sin renombrar, el libro de los Caballeros de Oriente enumera los cuatro grados capitulares y los numera exactamente como los numerarán los libros de 1933 y 1934. La escala no es invención del periodo posterior: es anterior a él.
En ese mismo párrafo aparece además un pareado que no está escrito en ninguna otra fuente: el Vertrauter Bruder es el confidente de la logia de San Juan y el Auserwählter Bruder es el confidente de la logia de San Andrés. La partición Juan/Andrés que estructura los seis primeros peldaños se repite, en su propio plano, dentro del Capítulo. No es onomástica: es arquitectura.
Y hay un contraste que da la medida de lo que valen los números. Bajo el régimen que en 1933 forzó a la obediencia alemana a cambiar de nombre, sus libros dejaron de llamar a los grados por su nombre: en los tres libros del Convento de San Andrés, las palabras que designan al maestro, al aprendiz y al compañero de San Andrés aparecen cero veces; en su lugar aparece Stufe, «peldaño». Se fueron los nombres y quedaron los números. La escala sobrevivió a la desaparición de su vocabulario.
Diez peldaños, no diez rangos
Queda la lectura que hay que resistir, y el propio rito ayuda a resistirla. No se sube por antigüedad: antes de autorizar el ascenso al sexto grado, el Maestro Diputado pregunta al hermano qué significan seis objetos que ha tenido delante durante años —la corona, la lámpara, el farol, la campana, el puñal, la acacia— y hace una pausa después de cada uno. Si las respuestas no alcanzan, el ascenso se aplaza. No se examina la memoria: se examina si entendió.
Y arriba, donde cabría esperar la recompensa, el sistema baja el tono. El noveno declara que su logia «no está todavía abierta» y que no habrá cuadro que explicar. El décimo advierte de entrada que tampoco él puede llevar a nadie a la visión, «pero puede mostrarles el camino». Una escala cuyo peldaño más alto empieza por rebajar expectativas no es una jerarquía de poder; es un orden de lectura.
Una decisión de esta casa
Contar diez es una decisión propia, tomada sobre una fuente que autoriza las dos cuentas, y se administra con nomenclatura propia: donde el original alemán dice «5. Stufe», la versión española lee «grado V» y remite en nota al término original, para que nunca se pierda de vista qué dice la fuente y qué decidió el editor.
Cabe añadir lo que corresponde: la Gran Logia de la Ciudad de México trabaja este rito de manera independiente y no cuenta con reconocimiento, autorización ni afiliación de la masonería alemana. La adopción de la serie sueca es, por eso mismo, decisión de esta casa y de nadie más, y se explica en público para que pueda ser comprobada.