Preguntar por el secreto masónico produce casi siempre una de dos cosas: decepción o novela. Este rito escribió su propia respuesta hace mucho, y conviene leerla en sus términos, porque lo que llama secreto no es una fórmula. Es un cuestionario.
Siete puntos y ninguna fórmula
La doctrina de la Orden enumera los siete puntos en que consiste lo que el grado de Compañero llama su secreto. Consiste, dice: en el conocimiento de mi origen; en el conocimiento de mi peregrinación; en el conocimiento de aquello que es mi deber; en la instrucción acerca de aquello que debo buscar; en la convicción acerca de aquello de que debo huir; en la comprensión de aquello que debo odiar; y en la certeza de aquello que debo esperar y llegar a ser al fin.
Léase la lista de corrido. No hay nada que copiar. Son siete preguntas y ninguna admite respuesta ajena: si otro contesta por mí, no ha contestado. Un secreto así no puede robarse, ni venderse, ni filtrarse; sólo puede trabajarse, y el trabajo no acaba.
El fundamento está abajo, no arriba
La fantasía habitual imagina el secreto guardado en lo alto de la escala, en un grado al que casi nadie llega. El rito dice lo contrario, y lo dice en un grado alto, que es donde tiene mérito decirlo. Antes de entrar al capítulo, el maestro escocés de San Andrés responde por escrito unas preguntas y luego se le comunican las respuestas justas. Una de ellas —a la pregunta de qué grado encubre la noticia más principal— dice así:
«El menos instruido de la Orden tiene la ventaja de ver ante sí toda la noticia de una vez, bajo emblemas; el grado de aprendiz de San Juan guarda el fundamento de todo el secreto.»
Y otra, a la pregunta de qué diferencia hay entre un aprendiz de San Juan y un hermano de la banda verde, contesta con una sola línea que es la mejor definición de lo que aquí significa avanzar: «Uno de esos hermanos tiene la llave del tesoro que el otro guarda.» El aprendiz tiene el tesoro desde la primera noche. Lo que los años le dan es con qué abrirlo.
El propio texto añade una advertencia que conviene no perder: «No importa, pues, acertar con la respuesta justa; pero no sería digno de hombres serios dejarse ayudar por nadie al responder.» Un examen en el que equivocarse no cuesta nada y copiar lo cuesta todo dice bastante sobre qué se está midiendo.
Una logia que declara no estar abierta
El noveno grado hace algo que no tiene muchos paralelos. En mitad de sus trabajos, el Maestro dice a los llamados: «La logia de los hermanos Confidentes no está todavía abierta. El Señor de la Orden quiere abrirla Él mismo; pero no sabemos cuán pronto vendrá, y por eso hemos encendido nuestra lámpara, para estar prontos a su llegada.» Y la instrucción final lo repite sin ceremonia: no deben esperar que aquí se les ponga delante y se les explique un cuadro de logia o un estandarte, «pues nuestra logia no está todavía abierta».
De ahí se sigue el resto: por qué esa sala tiene luz de día y ventanas abiertas, por qué la lámpara arde, y por qué a la pregunta de cuándo llegará ese tiempo la respuesta es «cuando se haya cumplido según su voluntad». Un grado alto que renuncia a entregar un objeto que interpretar no está escondiendo el objeto. Está diciendo que no lo tiene.
El peldaño supremo no lleva a la visión
El décimo se anuncia con una advertencia contra la expectativa: «Tampoco el peldaño supremo de la Orden, al que hoy se acercan ustedes, puede llevarlos a la visión. Pero puede mostrarles el camino.» No hay un cuarto misterio guardado para el final; hay una lectura.
El libro declara su oficio sin rodeos: en este grado se muestran a los Hermanos Elegidos las tres llaves maestras que abren la entrada a los misterios de la Orden. Son tres y están explicadas. La de la espada simboliza los combates espirituales en torno a la fundación de la Orden, su ruina temporal y su reconstrucción penosamente conquistada, y exige estar vigilante en todo tiempo. La del libro abierto es emblema de los conocimientos guardados en la Orden, y también del conocimiento dado por Dios sobre el propio origen, sobre la esencia de la naturaleza, sobre el fin y sobre el porvenir. La del ramo de palma designa la recta aplicación de esos conocimientos.
Vigilancia, conocimiento, aplicación. Lo que las tres llaves abren no es una bóveda: es la manera de volver a leer los nueve peldaños anteriores. El último grado no añade materia; explica hacia atrás. Y encaja con lo que el noveno decía de sí mismo, que era el remate de su contenido doctrinal. Lo que viene después ya no enseña: administra.
Lo que sí se guarda, y por qué no está aquí
Queda algo reservado, desde luego, y este artículo no va a nombrarlo. Pero conviene decir qué clase de cosa es: no es doctrina. La enseñanza del rito está escrita, y buena parte de ella va citada en estas páginas y en el libro de este sitio. Lo que la Orden guarda no explica el mundo ni promete poder; pertenece al orden de lo que sólo significa algo para quien lo ha vivido, y por eso perdería su sentido en el momento mismo de contarse.
Hay además una prueba de que no hay un segundo programa en el sótano, y está en la puerta. Antes de cualquier compromiso, al que llega se le da una seguridad formal en nombre de toda la logia: que entre los hermanos no ocurre nada «que vaya contra Dios y la religión, contra el gobierno y el sistema estatal, contra los principios de las personas honestas y virtuosas o contra las buenas costumbres». Ocho peldaños más arriba, el Portavoz de los Confidentes repite deliberadamente aquella promesa: «puedo yo darles aquí, en presencia de estos hermanos, esta seguridad.» El rito se acuerda de lo que prometió en la entrada y vuelve a firmarlo cuando ya nadie se lo exige.
Una decisión que el rito no se queda
El final de la escala tiene un gesto que vale por todo lo anterior. En el décimo grado se muestran las tres llaves y se invita a cada hermano a elegir la suya. El Maestro se adelanta al malentendido: «La elección de la llave no es una prueba, como las que hemos vivido y padecido en otros peldaños de nuestra Orden, sino un símbolo de la libertad de decisión del hombre.» La elección la anota el Secretario, y no se hace pública.
Conviene medir lo que eso significa. Después de diez peldaños, lo único que queda bajo reserva es una decisión íntima del hermano, y se guarda no para la Orden, sino frente a ella. Un sistema que en su último grado aclara que ya no está examinando a nadie, y que lo único que anota y calla es lo que cada quien eligió, ha dicho todo lo que tenía que decir sobre qué entiende por secreto y qué entiende por libertad.